Colegio Los Robles
Los Robles - Colegios bilingües de la comunidad de Madrid
Desde los tres años hasta la universidad.
Una Educación Integral, buenos estudiantes y mejores personas.
Los Robles, un buen colegio.
Una Educación Bilingüe, preparación para los exámenes de Cambridge.
Una Educación para el Desarrollo Físico y Deportivo.
Una Educación Ambiental, perteneciendo a la red de ecoescuelas de la CAM.
Concurso relato corto Curso 2017 - 2018

Primer premio Bachillerato.

Relato Corto

Apenas tenia ocho años cuando comencé a trabajar en los campos de cultivo de sorgo pertenecientes al hombre más rico de mi pueblo, Duala, un pueblo costero cercano a Yaundé, capital de Camerún. Aquel hombre de origen francés poseía la mayor parte de las tierras de la zona. Todo el pueblo sabía que el dinero que ganaba explotándonos se lo llevaba a Francia, donde residía la mayor parte del año vivendo cómodamente con las ventajas propias de un país industrializado, sin preocuparse lo más mínimo pornuestra pésima situación.

Cada mañana, mi padre, mis cuatro hermanos mayores y yo salíamos hacia la tierra que nos era asignada, pasando allí entre doce y trece horas diarias en plenomes de mayo, con temperaturasnunca inferiores a los veinticinco grados. Recuerdo que aquel terrateniente nos pagaba un salario de tres francos, con los que, sumando lo ganado entre todos, podíamos pagarnos la comida de un día. Teníamos suerte. Desde pequeño estuve acostumbrado a ver el hambre y la miseria en los ojos de mis vecinos, aquellos a los que dejaba de ver de un día a otro sin explicacion alguna.

Recuerdo que ya desde esa edad mi sueño era poder ir al colegio, aunque el máscercanoestabaa unos40 kilómetros enYaundé, para poder conocer el cuerpo humano, que siempre fue mi mayor pasión. Lo cierto es que nunca me lo planteé como algo posible puesto que, pese a mi temprana edad, ya era consciente de que una situación económica como la que vivía mi familia no podía permitir un lujo como aquel.

Todo cambió ese día, aquel once de marzo de 1985,cuando yo acababa de cumplir doce años. Lo recuerdo como si fuera ayer. Comenzó siendo un día normal para mí, me desperté con los primeros rayos de luz solar y me preparé para salir a trabajar de nuevo con mi padre y mis hermanos. Se acercaba ya el momento de descansar tras las primeras seis horas de trabajo cuando comencé a escuchar a lo lejos unos gritos pidiendo auxilio. Sobreimpresionado, agucé el oído para reconocer su procedencia. Con el siguientegritoahogado,advertí que procedían de la cancha de fútbol de mi pueblo, cerca de la casa del terrateniente. Sin dudarlo un solo instante,dejéla hoz que estaba usando en ese momento y corrí en su ayuda. Cuandollegué, vi al hijo del francés tendido en el suelo con un brazo totalmente descolocado y su polo rosa lleno de sangre. Era mi momento. Era el momento de demostrar todo lo que mi padre se había esforzado en enseñarme a partir de los sagrados libros de biología y medicina que mi abuelo consiguió hace tantos años.Le tranquilicé y le dejé apoyado en la portería mientras fui corriendo a mi casa a por un par de trapos viejos que me pudieran ayudar. Volví e hice un repaso mental rápido de como actuar tras haber examinado bien su herida y comprobarquépodíahaberleocurrido. Agarré con fuerza su muñeca y con un giro brusco acompañado de un tirónhaciamí,fuillevandosumano hacia la boca de su estómago. Tras dos o tres crujidos de su articulación y otros tantos gritos de dolor, el hombro quedó perfectamente colocado. A continuación taponé las heridas apretando fuerte los trapos a modo de torniquete. Cuando dejó de sangrar, llevé al chico a su casa para que sus padres se lo llevaran al hospital.

Pasaron apenas tres días tras aquel incidente y, cuando yo casi lo tenía archivado en mi memoriacomo una anécdotamás, pasó a convertise en el momento más importante de mi vida. Se presentaron ante mi padre el terrateniente francés acompañado de su hijo, quien llevaba el brazototalmentevendado e inmovilizado, pidiendo hablar tanto con él como conmigo. Mi padre me llamó y fuimos los cuatro a casa de aquel hombre.Cuandoentré,realmente me quedé asombrado. Sus escaleras de madera de roblecon el pasamanos de cristal y aquellos cuadros que adornaban perfectamente el gran salón me dejaron boquiabierto. Nos sentamos alrededor de una gran mesa redonda y el hombre comenzó a hablar, explicándonos que su hijo le había contado la historia. Tras una serie de muestras de gratitud y negociaciones en cuanto al sustancial aumento de sueldo que mi padre recibiría, se dirigió a mí, me realizó una propuestairrechazable: viajar con él a Francia y estudiar Medicina en la mejor universidad de allí, ubicada en París. Antes de poder siquieracomenzar a hablar, mi padre se apresuró a aceptarla por mi, consciente de la oportunidad que se me estaba confiando.

Soy Seydou Ngo, tengo actulmente cuarenta y cinco años,trabajo como profesor en la Universidad de Parísy esta es la historia de cómo, de forma indirecta, este deporte, el fútbol, me salvó literalmente la vida.

Eugenio Tramblin López. 2º Bachillerato-A

Primer premio ESO.

Este deporte me salvó literalmente la vida

Nunca he sido un gran aficionado de los deportes; mi familia y conocidos lo saben muy bien. Siempre que nos juntamos en una comida o celebración y hay un partido de algún deporte mi familia entra en furor, excepto yo. Me considero una persona normal, no tengo ningún talento especial y no soy particularmente hábil en algo. Mis gustos son extremadamente predecibles; si quisieras saber mi canción, película o libro favorito solo tendrías que ver cuáles son los más populares y ahí está la respuesta. Si tuviera que decir algún atributo que me destacara seria mi positivismo. Yo, personalmente, no creo que lo sea, pero muchas personas me lo han dicho. Pero algo estaba claro: en estas circunstancias no era para nada optimista. Ahora mismo me encontraba atado por cadenas, asustado y entre dos grandes planchas de metal. Estaba sudando, pero no podía perder la compostura en una situación como esta. Pero, ¿cómo había llegado a estar en esta situación tan desesperante? Todo empieza con un mensaje en forma de carta.

Yo me encontraba en mi habitación, como de costumbre. Si no recuerdo mal, estaba estudiando, hasta que mi madre me llamó pidiéndome que bajara al salón. En ese entonces me esperaba lo peor, ¿habrá descubierto mi suspenso en inglés?, me preguntaba; pero la verdad no podía ser más diferente. Cuando bajé mi madre me dio un gran abrazo y dijo que había sido seleccionado para la famosa academia Anafenza. Esta escuela es conocida mundialmente como la escuela donde se forjan las leyendas. Estudiantes de todo el país acuden y salir de ella implica un éxito en la vida casi inmediato. En ella estudian adolescentes con habilidades o talentos increíbles: a estos individuos se les llama “estudiantes definitivos”. Los talentos no tienen que ser académicos, en casi cualquier aspecto en que se pueda destacar es válido para cursar en la academia. Allí acuden deportistas, cantantes y estudiosos de todo tipo. Yo solo tenía una duda, ¿por qué había sido elegido? Afortunadamente mi carta de admisión lo dejaba bien claro. “Usted ha sido elegido al azar entre todos los estudiantes del país para para participar en esta escuela”. Al final resultaba que la razón por la que había sido elegido es por tener mucha suerte. Al final de la carta se podía leer: “Estudiante afortunado definitivo”. No me cuestioné mucho las razones detrás de mi elección porque rápidamente empecé a empaquetar mis pertenencias y al día siguiente estaba plantado frente a las puertas del instituto. Esperaba que mi primer día de instituto fuera inolvidable como suelen pintar las películas. Este sin duda lo fue, pero por todas las razones erróneas.

Tras dar mi primer paso en la escuela un fuerte dolor de cabeza me golpeó, llegando a tal punto que me desmayé. Lo siguiente que recuerdo fue despertarme aquí, encadenado. Sin saber muy bien qué hacer pregunté a la nada si había alguien, a pesar de no haber nadie en la habitación. Sorprendentemente una voz me habló; al principio no sabía de dónde venía, pero luego descubriría que su origen era de unos altavoces. -Bienvenidos a la academia Anafenza- dijo la voz- uno de vuestros queridos compañeros ha sido capturado y es vuestro deber como buenos alumnos rescatadlo. Si no lo hacéis en los siguientes diez minutos…-la voz dejó salir una pequeña carcajada- vuestro amigo será “castigado”, en el momento que dijo eso las dos planchas de metal empezaron lentamente a moverse hacia mí. Si no conseguía salir de ahí moriría aplastado. “Que comience el juego” fueron las últimas palabras de esa misteriosa voz. Tenía muchas dudas en aquel momento: ¿de quién era esa voz?, ¿por qué juegas con las vidas de las personas de esa manera? Pero la que más resonaba en mi cabeza era “¿por qué yo, entre los demás?” Mi suerte se supone que era la razón de mi elección pero esto es exactamente lo contrario a la suerte. Empezaba a pensar que la razón de mi admisión era, de hecho, mi mala suerte. “Estudiante desafortunado definitivo” deberían haberme llamado. Así fue como llegué a esta situación. Ahora estoy incierto de mi futuro, solo un minuto queda y nadie ha llegado a rescatarme. Visiones de mi familia y amigos era lo único que podía ver en ese momento. De repente un gran estruendo hizo que las visiones desaparecieran. Delante de mi se encontraba un adolescente como yo, pero este era especial. Yo ya había escuchado hablar de él, dicen que incluso las ligas profesionales le habían propuesto contratos, pero eso no era lo importante en ese momento. Quedaban pocos segundos para que las planchas se cerraran por completo y muera aplastado. En ese momento el chico lanzó una pelota de beisbol que impactó en el botón que al ser presionado hizo que mis cadenas se soltaran y pudiera escapar de esa fatídica situación. Este deporte me salvó literalmente la vida.

Jaime Vázquez Rivera. ESO 3º

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